La lucidez de los durmientes: sobre Somniloquio de Beatriz Torres

A fines del año pasado Beatriz Torres tuvo la gentileza de invitarme a presentar Somniloquio, su primer libro de poemas. Desde el título, Somniloquio nos propone un reto —el habla desde la inconsciencia— y expresa una necesidad —decir sobre lo que no es tan visible pero se ha podido advertir—. Más allá de la ineludible condición femenina y una temática de perspectivas que se resuelve en los estadios de lucidez y sueño, las cuatro secciones de Somniloquio proponen una unidad temática personal que nos entrega una poesía que arriesga tanto como alcanza a decir.
Si Somniloquio establece un diálogo deliberado con alguna poesía es, sin duda, con la poesía de vanguardia hispanoamericana. Antes de hablar de libros y autores, es interesante advertir que esa condición de libro primero que mencionaba antes se revela en dos aspectos: el ímpetu o la fiebre de decir, de definir lo que se ve en un instante y se captura en la escritura de manera casi obsesiva; y luego la voluntad de afirmar una oposición ante el mundo, ante lo normal, ante los otros. Pensaba en libros como Altazor de Huidobro, algunos de Girondo o como los de Alejandro Peralta, los poemas de Magda Portal y la poesía de vanguardia peruana en general, porque en ellos es posible ver que la enunciación se presenta como una necesidad y a la vez como la delimitación de una frontera.
¿Qué fue eso?
horario bípedo
atajando extraviado en lo oscuro
latido débil síncopa arrítmica
taranza verbal de la fatiga
parece que la madera
expele su aliento húmedo
o la rata artera husmea en mi nariz
silencio pido a las cañerías hambrientas
cesen la cabal gata
que cae el techo
en mi espejismo al borde de la cama
El libro se abre con estos versos que funcionan casi como un exordio. Asistimos con ellos al inicio de un viaje mental, un viaje en el que la conciencia de la voz que sueña se concentra más allá de los ruidos y los lugares, y se instala en un lugar para concentrarse en el espejismo del sueño:
Mis ojos están activados
dormido el blanco que amanece
cuando el sol se queda en la cama
anticipando los juegos
la cortina y el rayo desde el patio
escrutar cada hueco del cemento
de la cómoda
puerta
mesa
silueta
marasmo amarillo
Tanto la temática del sueño como un reto a la realidad, al orden establecido y a la disposición de los sentidos, como la disposición espacial de la palabra en el papel siguen los temas y el trabajo de la estética de vanguardias. Sin embargo, el inicio del viaje agota esa inconformidad que, aunque se repite, continúa sin agotarse también en las otras secciones del libro. Es curiosa una división en secciones, pues tanto la estética que sigue Torres como la naturaleza del libro parecen eludir o no necesitar esa división y podrían leerse como una colección de poemas; en todo caso, eso no es un obstáculo para la lectura. Más que tomar las divisiones como un elemento de orden, como una cuestión de programa, se les puede asumir como una analogía de la habitación, el espacio del sueño, donde todo lo descrito y mostrado acontece.
Más allá de cuestiones formales, son dos las dinámicas en que el habla del sueño se revela, sucesivamente. Sin duda, la oposición inicial presenta un juego que busca introducir al lector en el lenguaje del sueño. Los poemas de esta impronta —como en las citas iniciales—buscan romper o desterrar el entendimiento normal o diurno, buscan alejarse de una normalidad a la que se renuncia para ver lo que dice el inconsciente.
En el espejo lunar
me he mirado
descubro una sombra desfigurada
mis ojos y ese yo
del jardín han venido a vestirme
hormigas y otras que sudan en el baño
cucarachas refugiadas en los cojines
a desafiarme burlas
polillas en collage sobre el vidrio
se solean del fluorescente
arañas tejiendo mi pelo
escupen a mi mala memoria
pulgas conversando entre mis dedos
riendo por mi estatura (23)
Tras un intento por reconocerse a sí misma en un espejo —el nocturno—, la descripción del cuerpo que sigue en el poema muestra, en contra de lo esperado, la irrupción de lo ajeno, de lo externo, en contacto con el cuerpo. Este contacto, que puede ser entendido como el asomo de lo temido, representa una interacción en la que los insectos enumerados degradan el propio cuerpo, proponiendo un orden que invierte los estados más naturales, una normalidad distinta y así aceptada.
Y aunque el autoconocimiento es una forma de enunciación y hasta una temática frecuente en nuestra poesía escrita por mujeres desde los años setenta, lo interesante es su juntura con una estética que en nuestra tradición solo ha estado destinada a decir bellamente imágenes terribles, sin más. Aquí no todo se queda en el sueño o en lo lírico, sea visual o sonoro (que no se trabaja demasiado en el libro): lo terrible delimita con claridad lo que se teme, lo que se ignora y lo que no se conoce debido a un exceso del inconsciente, constantemente interpelado y expuesto:
Me siento en exilio
cuando el sol inverna en mi techo
el único resplandor cuando tras el marco de madera
festejan las pulgas el suicidio del insecticida
Cuando con las piernas cruzadas
la cama se hace balsa
el suelo
escoria movediza sedienta de mí
tambaleo oxidante
cara como excremento pisado
del rojo de mis uñas
mi aliento (41)
La claridad de estos poemas llega justamente cuando, más allá de continuar el juego de lo ominoso en el sueño, la adversidad de las escenas se convierte en dominio, en una situación donde las condiciones agrestes no dañan ni atemorizan a la voz. El espacio que la escritura crea, planteado como un viaje nocturno, termina en la espera por el amanecer, en el final del sueño y el retorno al mundo real. Es por ello que lo real no es el sueño, sino tan solo lo que se ha dicho sobre él. Para comprenderlo están unos epígrafes a manera de obertura y cierre, que de forma imperativa proponen una clave de lectura. Aunque se trata de un elemento que es impropio a la tradición poética de vanguardia, estos elementos son compatibles con los poemas porque hablan de las mismas oposiciones que se puede encontrar en la lectura: la realidad y lo imaginario, lo diurno y lo nocturno, lo común y lo inasible, esto último acaso combatido intensamente.





